17 mar 2011

Rosas

Si quisiera describir lo que el simple roce de los pétalos provoca en mi cuello, nuca, oídos… me quedaría sin palabras.

La realidad es que cada roce era como si tus manos cálidas y grandes acariciaran cada poro de mi cuerpo.

Intentaba no gemir, espero que mis intentos hayan rendido frutos, no quería que nadie supiera que empezaba a humedecerme.

Ansiaba que continuaras con los movimientos inocentes, que continuaras alimentando mi lujuria, que continuaras con los susurros sin sentido.

Vamos, continua. Por favor.

Tócame con tus manos, con los suaves pétalos de rosa en tus manos. La naturaleza es sabia y conoce muy bien como satisfacerme.

Mi cuerpo comienza a arder de adentro hacia fuera. Arde lento y deliciosamente. El mundo desaparece por completo. Solo existen, la rosa, tu y yo.

¡Dios! Mis oídos no…

Soy débil, mis piernas están convirtiéndose en gelatina. Aun así, no quiero que te detengas. No deseo que jamás de detengas.

¡Maldición! Estoy sudando. Que nadie se de cuenta por favor. Este pequeño salón empieza a sofocarme, o quizá, son esos dibujos que trazas en mi cuello.

Mi corazón late emocionado y silencioso debajo de mi playera. Amenaza con salirse de mi pecho. Las palabras del profesor no tienen ningún interés para mí. Solo sigue acariciando inocentemente.

Al tiempo que te detuviste me sentí sola, vacía, con frío. No se si estuvo bien o mal. En parte puede que este bien, así mi cuerpo deja de arder, pero aun te deseo. Te deseo como un buen café por la mañana, mejor aun, como una mujer desea a un hombre por la mañana.

Y yo te deseo con el fuego de miles de soles.

¿Si al salir de este asqueroso salón nos fugáramos al fin del mundo para seguir con nuestros inocentes juegos y caricias?

No olvides las rosas…

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